El ser humano, en su constante búsqueda de la razón ha desarrollado una insaciable curiosidad que ha desembocado en impresionantes descubrimientos, base de nuestra civilización. Esa curiosidad sin límites se da en todos los ámbitos, desde el estudio del movimiento de las partículas subatómicas hasta la relación entre el hombre y los primates; y mucho más allá. Científicos, abogados, historiadores, camioneros, albañiles, estudiantes y parados investigan desde hace siglos y de manera empírica a qué sabe su semen. La condición sine qua non para formar parte de esta elite científica es hacerse pajas y no tener escrúpulos. Es muy común que el macho de nuestra especie, después de eyacular sobre su mano previa paja, se la lleve a la boca para saborear y sentir el tacto meloso del zumo de sus pelotas en el paladar. Lejos de ser una anormalidad, es un acto común que tiene por objeto saciar la curiosidad del hombre y que puede convertirse en un acto muy placentero y entretenido. Y por qué no, este acto repugnantemente bello también sirve para comprobar la calidad de la lechada y dársela a beber sin remordimientos a la parienta.
jueves 6 de noviembre de 2008
Paladearse la leche
El ser humano, en su constante búsqueda de la razón ha desarrollado una insaciable curiosidad que ha desembocado en impresionantes descubrimientos, base de nuestra civilización. Esa curiosidad sin límites se da en todos los ámbitos, desde el estudio del movimiento de las partículas subatómicas hasta la relación entre el hombre y los primates; y mucho más allá. Científicos, abogados, historiadores, camioneros, albañiles, estudiantes y parados investigan desde hace siglos y de manera empírica a qué sabe su semen. La condición sine qua non para formar parte de esta elite científica es hacerse pajas y no tener escrúpulos. Es muy común que el macho de nuestra especie, después de eyacular sobre su mano previa paja, se la lleve a la boca para saborear y sentir el tacto meloso del zumo de sus pelotas en el paladar. Lejos de ser una anormalidad, es un acto común que tiene por objeto saciar la curiosidad del hombre y que puede convertirse en un acto muy placentero y entretenido. Y por qué no, este acto repugnantemente bello también sirve para comprobar la calidad de la lechada y dársela a beber sin remordimientos a la parienta.

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