Dicen que los malos ratos es mejor pasarlos en familia.
Hace unos días pasé lo que seguramente sea el peor rato de mi vida, pero creo que si hubiera estado mi familia delante lo hubiera pasado mucho peor de lo que lo pasé. Una diarrea, una enorme, dolorosa e incontrolable diarrea.
Aquella noche salí con unos amigos a tomar unas cervezas y a eso de la una nos marchamos del bar para pasar a las copas en un local de mi cuidad. Me tomé dos, no me dio tiempo a más. Pasada una hora de estar en el local empecé a sentir vibraciones en el vientre y a los pocos minutos ya estaba camino del baño. -Sólo es la típica cagada- pensé yo cuando me dirigía a esa balsa de orines. Me agaché sin pegar mi culo a la taza y comencé a soltar lastre. En menos de un minuto ya estaba cogiendo los pañuelos de papel del bolsillo. Sí, era diarrea, pero leve.
Salgo de nuevo a la barra, me pido la tercera y me vuelven al vientre las vibraciones, esta vez acompañadas de un malestar general y sudores. No tenía ganas expresas de cagar pero volví al váter para intentar soltar al demonio que yacía en mi interior y que presentía iba a joderme bien. Pero no salió. Ahí estaba yo, agachado sobre el asqueroso váter empujando pasa sacar lo insacable, pareciera que tuviera el vientre vacío, pero no. Había algo, algo malo, lo presentía. Los dolores abdominales eran cada vez mayores, y por fin en un momento de relajación de los músculos del vientre, una gotita brotó de mi ano. Una gotita de ácido sulfúrico me atravesó el ojete, que se unió a mi dolor abdominal, al sudor frío y al cansancio de estar sobre el váter sin poder apoyar el culo en la taza. En ese momento decidí retirarme. Me limpié con otro pañuelo de papel, me subí los pantalones, salí del cubículo apestoso y me despedí de mis amigos con un “me siento mal”. Salí del local con semblante tranquilo, y al cruzar una esquina empecé a correr por las calles desiertas en dirección a mi casa. El aire frío de la noche me sentó bien, así que pausé el paso y caminé tranquilamente hasta que pasados unos instantes el dolor volvió a mí, y no venía sólo. Noté como una presión empujaba dentro de mi ano intentando salir. Mi primer pensamiento fue el de ponerme a cagar en cualquier rincón en plena calle, pero no estaba tan borracho como para hacerlo, así que decidí correr para llegar antes a casa, pero cada zancada hacía que lo que tenía en el interior hiciera más presión para salir, así que tuve que ir andando y apretando el culo como nunca antes lo había hecho. En los últimos metros antes de llegar a mi portal sentí que era incapaz de llegar seco a casa, pero a duras penas lo conseguí. Llegué inmediatamente a mi váter y cagué como nunca antes había cagado. Primero un chorro líquido y ardiente, luego una diarrea más espesa y placentera, y por último otra vez el dichoso líquido de satanás. Me quedé casi media hora allí sentado, jadeando y descansando del terrible esfuerzo que había hecho para llegar a casa con los calzoncillos limpios. Una vez recuperado, me fui a la cama con la mejor sensación que recuerdo de toda mi vida, pero no duraría mucho, no más de diez minutos pasaron cuando volví a sentir ese malestar en el bajo vientre. Yo ya estaba medio dormido pero esa sensación desagradable era más fuerte que mis ganas de dormir y me levanté raudo dirección al retrete. Cagué poco, muy poco, sólo un moco amarillento. No dolió ni escoció, pero me jodió mucho tener que levantarme para tan poca cosa. Volví a la cama con otra muy buena sensación. Y a los diez minutos, más de lo mismo; el mismo malestar, la misma urgencia, el mismo moco amarillento, la misma rabia. Volví a la cama pensando que ya era la última.
Pobre de mí. Diez minutos después volví a la carga, el mismo procedimiento. Estaba totalmente vacío por dentro, no sé que cojones quería mi cuerpo que hiciera en el váter, pero allí estaba yo mirando las baldosas.
Esta vez, al limpiarme el culo observé en el papel unas abundantes manchas rojas, y al levantarme vi en el fondo de váter ese moco amarillento mezclado con las mismas manchas. Había cagado sangre, sangre en abundancia, pero no me asusté. Me sentía muy bien, totalmente liberado. No me dolía nada, era totalmente feliz, el placer embargaba todo mi ser, así que tiré de la cadena y volví a la cama en donde ya sí dormí del tirón toda la noche.
Al día siguiente no cagué, y al siguiente lo hice con toda normalidad.

3 comentarios:
"Al día siguiente no cagué, y al siguiente lo hice con toda normalidad. "
jajajajajaaja la ultima frase medio risa y no se porque xD
nunca me ha gustado cagar...asi q odio la diarrea
¡ajajajaja! me encantas, desde siempre... te explicas tan gustosamente que hasta la diarrea parece asquerosamente agradable XD.
Suerte que volviera la "normalidad". En casos así se pasa muy mal. Recuerdo que cuando volví de un viaje a Lourdes (Francia) me traje un souvenir que jamás olvidaré y es que mientras soltaba tralla por detrás también vomitaba. Increíble. Y lo peor que se lo fui pegando a todos los miembros de mi family.
Tu casa tendría que ser un espectáculo esos días. Las visitas se irían muy felices y perfmadas.